Por Sermo Ferox
Hace un par de semanas advertí sobre la llegada del invierno. No el climático —ese lo conocemos bien—, sino el político, que suele ser más largo, más oscuro y bastante menos honesto. Un invierno que se dejará caer sobre un sector de la siempre variopinta diversidad ideológica institucionalizada del país, impulsado por la trayectoria reciente de sus autoridades electas, esas mismas que nos obligan a preguntarnos si el daño será reversible o simplemente parte del paisaje.
Pero no seamos injustos: el frío no discrimina. También alcanzará con entusiasmo a quienes gobernarán Chile desde el 11 de marzo. Ya han probado el poder y descubierto, con sorpresa camuflada, que la ciudadanía chilena cambia de opinión más rápido que un editorial bien pauteado. Y no, esto no es gratis. La conformación del gabinete ministerial —esa pasarela de sorpresas ácidas— es la prueba más clara de cómo se reparte la torta: pinochetismo con cirugía plástica, gremialismo con terno de sastrería y la Santa Sede con presencia estable, como corresponde. Nada de esto fue improvisado: es un diseño político prolijo, serio y profundamente conservador, donde no se ofrecen ideas ni reformas, sino certezas morales que, casualmente, siempre protegen negocios de capitales extranjeros y viejos intereses perfectamente domesticados por la política local.
El gran tema, por supuesto, es la alarmante ausencia de ideas. No hay anuncios de políticas públicas concretas, ni planes claros, ni esa sutileza llamada “gobernar”. En cambio, abundan discursos épicos sobre la defensa de una visión del país y la vida que debe ser protegida como si estuviéramos en guerra. Y claro, gobernar para algunos parece ser eso: resistir, atrincherarse y culpar al enemigo. Lo absurdo es que esa no es la función de un gobierno, aunque el memorándum no parece haber llegado a todos los servicios.
El frío entra con fuerza cuando se revisan los nombres. No hay pesos pesados, pero sí una colección de figuras difíciles de explicar incluso para sus promotores. Rincón y Campos aparecen como si alguien hubiese perdido una apuesta. Las ministras de la Mujer y del Deporte aportan un pasado marcado por dopaje y exorcismos, en una mezcla fascinante de cultura medieval y ambición química. El cuadro se completa con los ministerios de Justicia y Hacienda, que aportan colusión, defensa de criminales de lesa humanidad y conflictos judiciales de alto calibre, pero tranquilos, no se trata de explicar lo inexplicable. Aquí lo importante es imponer una visión de país profundamente religiosa, conservadora y con tintes de fascismo, incrustada en el Estado y exportada con entusiasmo. Para muestra, los recientes viajes de José Antonio Kast, dedicados a relativizar la dictadura militar o a rescatar efemérides en vivo y en directo, como una piñericosa sin carisma ni gracia. Dicen los cinéfilos que las segundas partes nunca son buenas.
A nivel local, la cosa no cambia mucho. No hay nombres nuevos porque, sencillamente, no hay nombres. Los pocos disponibles ya están ocupados en el Gobierno Regional o repartidos por las municipalidades, como si el recambio fuese un concepto extraplanetario. La coalición gobernante debe entonces optar entre desarmar equipos que más o menos funcionan o inventar otros desde cero. Ambas alternativas son complejas cuando la experiencia escasea y sobran las cosmovisiones personales elevadas a política pública. En cualquier escenario, el frío cumple su promesa: pinochetismo, conservadurismo confesional y anemia programática, reforzada con eventuales fichajes del sector privado, expertos en todo salvo en lo público.
Dicen que el frío nos mantiene despiertos. Hará falta, porque al frente habrá una oposición moralmente inmaculada —según sus propios dirigentes—, con memoria selectiva y una división interna tan profunda que todavía se cuestiona si el Muro de Berlín fue un error de diseño o una fake news. Entre justificar dictaduras amigas y condenar las ajenas, no se prevé un bloque cohesionado para enfrentar al adversario.
En el Congreso, el panorama es aún menos alentador: una sola diputada, sin el respaldo total de su coalición, acusada entre pasillos de campaña sucia y de ser la versión reciclada del senador saliente Sandoval. No destaca por peso político ni por trayectoria propia, sino por ser un producto químicamente puro del sistema electoral chileno, ese que —en un acto de fe democrática— suele premiar a quienes no necesariamente ganaron.
Con este escenario, todo indica que el gobierno operará cómodamente desde el papel de víctima, de quienes no toleran su intolerancia y de quienes osan obstruir una obra que, irónicamente, nació obstruyendo. El arte de gobernar sin gobernar, quizas es una revelación para la que aún no estamos preparados.
El invierno, entonces, será largo. La instalación del gobierno quedará en manos de personas que confunden administrar el Estado con administrar un relato de campaña. Criticar al adversario funcionó para ganar votos; hacerlo para gobernar suele terminar mal, pero la experiencia es un lujo que no todos consideran necesario. En Aysén, además, la relación entre el Gobierno Regional y el central promete ser tan cordial como una auditoría. El Gobernador de la región ha basado su gestión en denunciar la falta de recursos para ejecutar sus grandes —aunque aún invisibles— ideas, y a distribuir el presupuesto entre clubes deportivos, de adulto mayor, agrupaciones folklóricas y sus alcaldes incondicionales. Tal vez ahora los tan anhelados fondos aparezcan. Si no, siempre quedará testimonio de la queja épica y el interrogante de lo que podría haber sido. Dirán algunos de los nuevos ministros que Dios trabaja de manera misteriosa, o bien que castiga, pero no a palos.
Para cerrar la ventana y evitar la hipotermia colectiva, solo queda desear que esta vez sí se pavimente la Carretera Austral; que se construya la ya mítica barcaza del Lago General Carrera; que lleguen los buses eléctricos; que se levante un nuevo hospital para Coyhaique; y que la descontaminación deje de ser un eslogan. Porque en estos temas la crítica sin acción es folclor. Lo que necesitamos como país es experiencia, seriedad y capacidad real de negociar o construir mayorías, y según la evidencia, aquello no se ha visto ya en largos años. Desconocemos si ahora lo viviremos, esperamos que sí.