Por Sermo Ferox
Dicen que la fe mueve montañas. En Chile, además, mueve presupuestos, reemplaza estudios de impacto y, de paso, convierte la contabilidad pública en un acto de esoterismo. Hay gobiernos que privilegian la evidencia; otros privilegian la esperanza y la fé. La diferencia es que la evidencia suele sobrevivir a las elecciones. La esperanza, no siempre.
La nueva reforma tributaria parece diseñada por un grupo de economistas que jamás ha tenido responsabilidad administrativa. La tesis es simple: el Estado recauda menos, las empresas invierten más, la economía despega, los empleos florecen y, por un misterioso fenómeno de gravedad inversa, los municipios terminan recibiendo más recursos. Newton y Harry Potter estarían fascinados.
Porque hay que reconocerlo: transformar una disminución de ingresos en una promesa de prosperidad requiere imaginación. Mucha imaginación. La misma con la que algunos alcaldes de Aysén aplauden una reforma que amenaza con tensionar el financiamiento de comunas cuya autonomía financiera ya es frágil. Es el equivalente político a celebrar que se queme mi casa por que mañana me regalarán un extintor. Y ahí aparecen los sacerdotes del nuevo credo:
—No se preocupen, habrá compensaciones.
¿Cuáles?
—Se están diseñando.
¿Con qué recursos?
—Eso se verá.
¿Existe certeza?
—Existe confianza.
Extraordinario. La administración financiera del municipalismo chileno ha abandonado la matemática para abrazar la providencia.
Lo verdaderamente notable no es que un gobierno impulse una reforma coherente con su visión económica. Para eso ganan las elecciones. Lo insólito es contemplar cómo autoridades locales cuya principal obligación consiste en defender el patrimonio de sus vecinos actúan como si administrar una comuna fuera un acto de militancia y no una responsabilidad institucional, porque la ideología tiene una ventaja incomparable: jamás tiene que cortar el pasto de una plaza o reparar un camino rural. Eso, lo hacen los municipios, y con plata.
En Santiago estas discusiones suelen parecer académicas. En Aysén son brutalmente concretas. Aquí las distancias cuestan dinero. La nieve cuesta dinero. La aislación cuesta dinero. El combustible cuesta dinero. Tener pocos habitantes también cuesta dinero. La Patagonia tiene la desagradable costumbre de recordarle a los economistas de escritorio que la geografía nunca leyó sus papers. Sin embargo, siempre existe un iluminado, o un iluso, dispuesto a explicar que el crecimiento resolverá todo.
Mientras tanto, los municipios siguen administrando certezas. La basura sí pasa todos los días. Las luminarias sí se queman. Los caminos sí se deterioran. Los adultos mayores sí necesitan atención. Las emergencias no preguntan por el ciclo económico antes de ocurrir. Para el Gobierno esto parece un detalle menor frente a la épica del mercado y la necesidad de salvar a Chile del comunismo leninista que nos tuvo al borde del precipicio fiscal y social.
En Chile existe una extraña fascinación por llamar “eficiencia” a cualquier recorte que afecte a otros, parafraseando al Ministro Quiroz, “con menos se puede hacer más”. Ahora claro, ese recorte nunca toca al propio ministerio. Nunca al propio gabinete. Nunca al propio círculo de asesores. Nunca a los Seremis. La austeridad siempre encuentra domicilio en los hospitales, servicios sociales, establecimientos educacionales y municipalidades; rara vez consigue la dirección de las oficinas donde se redactan los decretos. Entonces, aparece el espectáculo más absurdo de todos: alcaldes celebrando como una victoria aquello que, en el mejor de los casos, introduce incertidumbre sobre los recursos con los que deberán gobernar mañana. Es como creer que una panga y un crucero son iguales por que ambos flotan.
Después vendrán las excusas, que el contexto internacional, que el precio del cobre, que los mercados, que la guerra, que el Banco Central, que los comunistas y el Frente Amplio. Todo servirá. Todo menos reconocer que una mala decisión sigue siendo una mala decisión aunque venga envuelta en un elegante documento ministerial.
Porque ése es el verdadero problema del dogma: convierte cualquier evidencia en una molestia o un ataque destemplado.
Si la economía mejora, era gracias a la reforma.
Si empeora, no es culpa nuestra.
Si los municipios pierden recursos, ya aparecerá una compensación.
Y si la compensación nunca llega, siempre quedará la vieja herramienta de la política chilena: organizar un seminario para explicar por qué la realidad estaba equivocada, total, despues en el coffee break todos terminan contentos.
Al final, la historia es bastante menos sofisticada de lo que pretenden sus autores. Las ideologías jamás pagan las cuentas. Los municipios sí. Los vecinos también.
Y la realidad —esa insolente que no milita, no vota y no aplaude en los lanzamientos de políticas públicas— termina haciendo lo único que sabe hacer: pasar la cuenta.
Siempre.